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jueves, 6 de julio de 2017

AÑO 80 D.C. EL OTRO GRAN INCENDIO DE ROMA

Escrito por Federico Romero Díaz, autor de la novela No lleves flores a mi tumba.



De todos es conocido el gran incendio que asoló Roma bajo el gobierno de Nerón, el mes de julio del año 64. d.C.. La literatura, el cine y la pintura se han encargado de representar ampliamente este suceso que ha quedado grabado en nuestro imaginario colectivo. Por poner un ejemplo, todos recordamos la escena de la película “Quo Vadis” en la que Nerón, encarnado por el actor Peter Ustinov, canta mientras Roma es quemada por sus hombres.
Lo verdaderamente extraño es que en el año 80 d.C.., tan solo dieciséis años después, siendo emperador el breveTito Flavio Sabino Vespasiano, se produjo uno de similar magnitud que apenas conocemos, a pesar de ser mencionado en diversas fuentes.



Leer el artículo completo en Arraona romana.

martes, 4 de julio de 2017

BREVE RESEÑA DE LA CAÍDA DE LA REPÚBLICA, DE JOSÉ BARROSO.

Escrita por Federico Romero Díaz.

Tras la lectura de la novela de José Barroso "La Caída de la República" he considerado que se merece una reseña, para que el mayor numero de personas conozcan más detalles sobre la obra y el autor.

José Barroso es un escritor granadino, que como muchos de nosotros, tiene que repartir su tiempo entre otro trabajo, que es el que nos da de comer, y su pasión por escribir. " La caída de la República ", no es su primera novela, antes ha escrito otras dos: " El secreto de Arunda" que está ambientada en Ronda, durante su reconquista por los Reyes Católicos, y "El ocaso de Alejandría" que abre la saga centrada en la transición de la República de Roma al Principado primero y al Imperio después. "La caída de la República" sería la segunda entrega de esta saga.



Centrándonos en esta obra, he de decir que es de una prosa muy fácil y narrativa, siendo su lectura fluida y sin complicaciones. José le ha dado prioridad a lo narrativo evitando las largas disquisiciones filosóficas y las detalladas descripciones, enemigas mortales de una novela entretenida.En este relato predomina la acción, consiguiendo el autor que el lector no desconecte de la historia en ningún momento.

Esta claro que la obra debe ser enmarcada dentro del género de la novela histórica, aunque a mí, personalmente me gustaría incluirla dentro del grupo de la historia novelada. José Barroso es un escritor que se documenta muy a fondo, casi nada de lo que dice es propio, todo sale de las fuentes clásicas, de Plinio, de Tito Livío, etc. Lo sé con certeza porque en esta misma página he tenido el honor de publicar un par de artículos suyos en los que destaca lo exhaustivo de su documentación. Yo pensaba que esta manera de escribir era propia solo de sus artículos sobre historia, pero me equivocaba, lo lleva también a la novela. Lo que consigue José en esta narración es novelar la historia de Octavio Augusto, no hay licencias a la fantasía, ni a prácticamente ningún personaje ficticio. Hasta el orden de la historia es cronológico. La novela es pura historia documentada muy a fondo, pero magistralmente novelada. He leído mucho a lo largo de mi vida y solo he visto narrar tan bien la historia pura y dura, sin concesiones a la ficción, al gran periodista italiano Indro Montanelli, autor de Historia de Roma, uno de mis libros más queridos. José Barroso tiene el don de contarnos la historia más rigurosa como si fuera un relato apasionado y ficticio. Espero poder disfrutar pronto de ese don en la tercera entrega de su saga.

lunes, 26 de junio de 2017

Ensayo sobre la belleza de Cleopatra VII Filopátor Nea Thea o sencillamente: Cleopatra

Cleopatra VII Filopátor Nea Thea o sencillamente: Cleopatra.

Escrito por José Barroso. Autor de Ocaso de Alejandría y La caída de la República.

Una de las figuras más atractivas, sugestivas e hipnóticas de la historia. Sedujo a los hombres más poderosos de su tiempo y a cientos de generaciones futuras. Su leyenda ha llegado intacta hasta nuestros días y sigue siendo un referente de refinamiento y belleza. ¿Pero era tan bella realmente? ¿Qué pruebas tenemos sobre su verdadero aspecto físico? ¿Qué hay de cierto en la corriente que dice que en realidad no era agraciada físicamente?

Ensayo sobre la belleza (de Cleopatra).
No son pocas las mujeres que han pasado a la historia por su extraordinaria belleza, Nefertiti, la Reina de Saba, Helena de Troya, Friné… Las que consiguieron unir a su aspecto físico la sabiduría como gobernantes, la inteligencia y el coraje de sobresalir en un mundo de hombres no son muchas. Pero si hay una figura que ha quedado por encima de ese reducido grupo, esa es Cleopatra.
La reina del Nilo es una fuente inagotable para el cine y la literatura universal. Siempre representada por actrices de belleza sobresaliente —decían de Liz Taylor que era la actriz más bella de su generación— y pocos son los autores que no se detienen a recrearse en su mítico aspecto físico.
Vamos a intentar desentrañar cuánto hay de cierto y cuanto de mito en la belleza de Cleopatra.
Las Hipótesis:
1ª- Era bellísima.
La más aceptada por el público en general y la idea que reside en el imaginario popular. Una mujer de formas apetecibles y rostro sereno y agraciado. Alguien que deslumbraba por su belleza y que incluso destacaría si nos cruzásemos con ella hoy en día en cualquier esquina. A todo ello sería justo añadir la erótica del poder que irradia su figura pero, en cualquier caso, alguien ante quien los hombres caían rendidos.

2ª- No era agraciada físicamente.
Una hipótesis que ha ganado fuerza en los últimos treinta años tras el descubrimiento de una serie de monedas con su efigie en distintas partes del mundo. Dado que no se le da credibilidad prácticamente a ninguno de sus bustos, estas monedas representan las únicas imágenes que tenemos de la reina del Nilo.

3ª- Era bella según los cánones de belleza de su época.
Y dichos cánones han sufrido numerosos cambios a lo largo de los siglos. Mujeres que fueron consideradas bellísimas en su tiempo, como Maria Antonieta, Lucrecia Borgia o Aldonza de Ivorra, difícilmente tendrían cabida en las revista de moda de hoy en día. Los cánones de belleza han cambiado y mucho en veinte siglos pero ¿Han cambiado tanto como para volver a los parámetros de hace dos mil años?
Los Hechos:
Cleopatra fue la séptima reina egipcia de su nombre. Perteneció a la última dinastía que gobernó Egipto como país independiente antes de convertirse en provincia de Roma, los Ptolomeos. Y como primer dato importante hay que decir que los Ptolomeos no eran egipcios, eran Griegos Macedónicos. No había una sola gota de sangre egipcia en Cleopatra y por lo tanto debemos alejar su imagen del icónico busto de Nefertiti, al que si damos veracidad histórica dado que su esposo, Akenaton, prohibió las representaciones irreales de la familia faraónica. Las esculturas, pinturas y bustos de Nefertiti, el propio Akenaton, Tutankamon y otros miembros de su familia, representan de forma fiel su aspecto físico y la imagen de la reina es sorprendentemente cercana al canon de belleza actual.  Es una mujer morena, delgada, de cuello estilizado, pómulos marcados y labios carnosos. Por desgracia no pudo ser una antepasada lejana de la reina objeto de estudio hoy.



Cleopatra accedió al trono en el año 51 antes de nuestra era. Fue una gobernante cuya principal preocupación fue mantenerse en el poder entre las insidias de una corte ciertamente hostil y la sombra de Roma, que amenazaba con anexionar los territorios de Egipto.
Para ello hizo uso de todas las armas que tenía a su alcance, y desde luego una de ellas fue su presencia y su aspecto físico.
Plutarco dice sobre Cleopatra:
Se pretende que su belleza, considerada en sí misma, no era tan incomparable como para causar asombro y admiración, pero su trato era tal, que resultaba imposible resistirse. Los encantos de su figura, secundados por las gentilezas de su conversación y por todas las gracias que se desprenden de una feliz personalidad, dejaban en la mente un aguijón que penetraba hasta lo más vivo. Poseía una voluptuosidad infinita al hablar, y tanta dulzura y armonía en el son de su voz que su lengua era como un instrumento de varias cuerdas que manejaba fácilmente y del que extraía, como bien le convenía, los más delicados matices del lenguaje"
Plutarco. Vidas. Paralelas. Marco Antonio. XXVII.
"Platón reconoce cuatro tipos de halagos, pero ella tenía mil."
Plutarco. Vidas Paralelas. Marco Antonio. XXIX.
Y sobre el momento en que Cleopatra y Marco Antonio se conocieron:
Éste iba a verle en aquella edad en que la belleza de las mujeres está en todo su esplendor y la penetración en su mayor fuerza.”
Plutarco. Vidas Paralelas. Marco Antonio. XXV.
Dion Casio dice sobre ella:
Su irresistible forma de hablar parecía que conquistara a su interlocutor”
Dion Casio. Historia de Roma. Libros XLVI-XLIX.
Sobre su intelecto nos cuenta Plutarco:
Respondía por sí misma, como a los Etíopes, Trogloditas, Hebreos, Árabes, Sirios, Medos y Partos. Dícese que había aprendido otras muchas lenguas cuando los que la habían precedido en el reino ni siquiera se habían dedicado a aprender la egipcia, y algunos aun a la macedonia habían dado de mano.”
Plutarco. Vidas Paralelas. Marco Antonio. XXVII.
Suetonio sobre la relación de Julio César y Cleopatra:
“Pero a la que más amó fue a Cleopatra, con la que frecuentemente prolongó festines hasta la nueva aurora”
Suetonio. Vida de los Doce Césares. Julio César. LII.



De los relatos clásicos, aun dudando de Dion Casio, que escribiría 250 años de la muerte de Cleopatra, podemos deducir que destacaba más por su intelecto, su personalidad arrolladora y su cultura que por su físico. Aunque desde luego era agraciada.
Por increíble que parezca, dada la extensa literatura sobre Cleopatra, son muy pocos más los autores clásicos a los que podemos recurrir para hacernos una idea de la imagen de la reina del Nilo. Posteriormente Horacio, Virgilio, Flavio Josefo, Apiano o Plinio, mencionaran a Cleopatra en sus escritos en varias ocasiones pero siempre centrados en su debilidades —o directamente vicios— y casi siempre infligiendo duros ataques contra su personalidad, arrogancia, voracidad sexual o derroches económicos. Hay que aclarar que todos estos autores pretenden congraciarse con el poder dominante en el Mediterráneo, personificado en Octavio Augusto y sus posteriores sucesores. Fue el propio Octavio el que declaró la guerra a Cleopatra y a su ya esposo Marco Antonio y por lo tanto el que fomentó buena parte de su leyenda negra.
Así, autores como Plinio “el viejo” que nació cincuenta años después de morir Cleopatra, nos relata el famoso pasaje de la disolución de las perlas en vinagre que, aunque químicamente podría ser cierto, se convierte en despropósito tal y como nos lo cuenta el historiador. La historia solo pretende dar una imagen de una Cleopatra derrochadora, caprichosa, infantil e indolente, y para ello Plinio no duda en alterar la realidad a su antojo.
Plinio “el viejo”. Historia Universal. Capítulo LVIII.
Los ataques de Flavio Josefo que vivió entre los años 37 y 100 de nuestra era, también son muy duros y centrados en la voracidad sexual de Cleopatra. Cabe decir que Josefo era judío y la enemistad de la reina del Nilo con Judea y sus gobernantes fue manifiesta, sobre todo con Herodes por las reservas de betún de las que gozaba la zona.
Flavio Josefo. Antigüedades Judías. Tomo II.
Para poder concluir con el aspecto físico de la reina según los autores clásicos, no debemos obviar a Cicerón. El filósofo y Cleopatra se conocieron personalmente durante la estancia en Roma de la reina y precisamente a este encuentro debemos las obras completas de Cicerón que han llegado hasta nuestros días. Cleopatra encargó al filósofo una compilación de sus obras y discursos para la biblioteca de Alejandría. Sin embargo, tras el asesinato de Julio César, Cleopatra abandonó precipitadamente Roma y no se llevó aquella cuidada compilación consigo. La obra quedó depositada en las bibliotecas de Roma y sobrevivió a las sucesivas destrucciones de la Biblioteca de Alejandría. Hay una frase atribuida a Cicerón —aunque imposible de contextualizar o verificar— que dice: “si tuviese otra nariz, habría conquistado el mundo”. En realidad, esta frase constituye la única mención a la nariz de Cleopatra y, conociendo el carácter teatral de Cicerón, bien podía referirse al instinto, al olfato, de la reina para elegir a sus partidarios. Muerto Julio César, la reina podía haber confraternizado tanto con Marco Antonio como con Octavio Augusto y la historia hubiese sido muy distinta de haber elegido al segundo. Además Octavio era de edad similar y mucho más influenciable que el curtido y experimentado Marco Antonio, por el que acabaría decantándose Cleopatra. Es solo una interpretación, pero dado que no hay otras fuentes, no debemos dar por sentado que la nariz de la reina era prominente o simplemente desproporcionada para con el resto de su rostro.
Son varias las esculturas que quieren representar a la reina del Nilo aunque dudamos de la veracidad de todas ellas y diversas pruebas han demostrado que su confección es posterior a la vida de Cleopatra. Aunque si nos han llegado algunas monedas con su efigie, en ella podemos ver a una mujer con una tiara, pelo rizado, labios carnosos, ojos muy grandes y cuello estilizado aunque con cierta corpulencia. Se deja adivinar una barbilla prominente y unas formas proporcionadas. Si bien es cierto que de todo ello tampoco podemos sacar una opinión inamovible. No hay más que ver la absolutamente irreconocible efigie de la reina Letizia en las monedas conmemorativas de 12€ de la fábrica nacional de moneda y timbre.
De sus relaciones y el comportamiento de los hombres que la rodearon, también podemos sacar algunas conclusiones:
Tanto Plutarco como el propio Julio César, nos cuentan en sus escritos que el general romano y la reina del Nilo se conocieron al atardecer en Alejandría y esa misma noche ya yacieron juntos. Plutarco en “Vidas Paralelas” (Julio César. IL) nos cuenta el episodio de la reina accediendo a hurtadillas al palacio envuelta en una alfombra, de la que surgió totalmente desnuda. La anécdota podría ser un buen ejemplo de la personalidad y seguridad de Cleopatra, pero lamentablemente tenemos que pensar que es falsa. Primero por lo innecesario de aparecer desnuda y en segundo lugar —y más revelador— porque Julio César no hace mención al episodio en su “BellumAlexandrinum”. No parece una anécdota como para pasar por alto en alguien de la personalidad del general romano. Por lo tanto, desconocemos la forma en que se conocieron Cleopatra y Julio César, pero todas las fuentes apuntan a que estaban compartiendo lecho pocas horas después de verse por primera vez. La reina contaría 18 años y Julio César 52. Parece difícil pensar que hubo un conocimiento profundo entre ambos del que surgió la atracción. Más bien podemos concluir que se produjo una inmediata atracción meramente física entre ambos.



Posteriormente Julio César abandona a su amante habitual en Roma, ServiliaCepionis e invita a la propia Cleopatra a la ciudad donde la colma de honores. En esta época es más que probable que hubiese surgido el amor entre ambos. Si bien es cierto que la mujer que enamorase a Julio César debía mostrar habilidades políticas e intelectuales sobresalientes. No podemoscircunscribir el amor entre ambos a sus característicasfísicas. Suetonio llegará a decir que César pretendía legalizar la poligamia en Roma para poder hacer oficial su relación con Cleopatra, pero esta información es imposible de contrastar y de dudosa credibilidad. Suetonio. Vida de los Doce Césares. Julio César. LII.
Un episodio parecido ocurrirá siete años después en la ciudad de Tarso (actual Turquía). Marco Antonio hace llamar a Cleopatra para ser juzgada por ayudar a los asesinos de Julio César y la reina pasa tan solo cuatro días en la ciudad. En esos cuatro días no solo evita el juicio, sino que seduce a Marco Antonio hasta conseguir que éste caiga rendido a sus pies. El romano le ofrece la cabeza de Arsinoe, hermana de la reina y por lo tanto amenaza para el trono, y traslada su gobierno a Alejandría.
De tal manera avasalló a Antonio que, a pesar de haberse puesto en guerra con Octavio,Fulvia su mujer por sus propios negocios y de amenazar por la Macedonia el ejército de los Partos, del que los reyes habían nombrado generalísimo Labieno, y con el que iban a invadir la Siria, se marchó, arrastrado por ella, a Alejandría”
Plutarco. Vidas Paralelas. Antonio XXVIII.
La relación entre Cleopatra y Marco Antonio es diferente a la que mantiene unos años antes con Julio César. Marco Antonio y Cleopatra se enamoraron perdidamente hasta el punto de que el romano hace numerosas concesiones territoriales —conocidas como las Donaciones de Alejandría (Plutarco. Vidas Paralelas. Antonio. LIV)— a su ya esposa y a los hijos en común, y llega a renegar de Roma en su testamento. Declara a Alejandría capital del imperio y a Cesarión, el hijo de Cleopatra y Julio César, rey de Roma. La publicación prematura de este testamento precipita la guerra contra Octavio Augusto y el trágico fin de los amantes.
De la rápida seducción con la que somete a Julio César y Marco Antonio nos surge una pregunta evidente: ¿Qué tipo de mujer era del gusto de los romanos en el siglo I antes de nuestra era?
En este caso nos encontramos una importante similitud entre los textos clásicos y las pinturas y sobre todo esculturas que nos han llegado de la época. Normalmente los artistas idealizan los cuerpos haciéndolos semejantes a la concepción de los dioses del Olimpo y, desde luego son favorecedores. Es conocido que Octavio Augusto prohibió representaciones de sí mismo con más de cuarenta años y en el caso de las mujeres, son prácticamente inexistentes las esculturas femeninas donde puedan apreciarse los efectos de la edad.
Sin embargo podemos sacar conclusiones importantes. La mujer que hace que los hombres giren sus cuellos al cruzarse con ella por el foro de Roma es de piel clara, caderas anchas, voluptuosa e incluso con sobrepeso, preferiblemente rubia y de pelo rizado. (Los tirabuzones que parten del flequillo son recurrentes en la moda romana). Es un canon de belleza que se repetiría durante varios siglos. La piel tostada era sinónimo de trabajar largas jornadas en el campo y la delgadez es señal de hambre. Las caderas anchas ayudan a dar a luz y el cabello rubio asemeja a las mujeres a Diana Cazadora o Afrodita. El genial Rubens nos legó para la posteridad en su obra “Las Tres Gracias”, una imagen imperecedera de ese canon de belleza.
¿Podemos identificar a Cleopatra con este canon de belleza? Probablemente si. La reina del Nilo, como hemos dicho antes, era griega de ascendencia macedónica, donde predomina el cabello rubio. Seducir en una sola noche a los dos hombres más poderosos de su tiempo, ambos con un amplio historial de conquistas amorosas, nos indica que debía ser de su agrado físicamente. E incluso ha llegado hasta nuestros días algún relieve egipcio donde Cleopatra es representada con cierta tripa y anchura en sus caderas. Tampoco existe mención alguna en los textos clásicos a una cierta delgadez, lo que en su momento, hubiese llamado la atención de los autores.



La reina debía ser coqueta y desde luego cuidaba su aspecto. Existió en Alejandría un tratado de belleza con consejos de maquillaje que se atribuía a la propia Cleopatra. El texto no ha llegado hasta nuestros días y no hay forma de afirmar o desmentir su autenticidad, aunque no cabe duda de que la reina hubiese sido capaz de escribir un tratado sobre tales materias.
Por otra parte, Cleopatra fue reconocida por los alejandrinos como la encarnación de Isis, que además de la protección y la sabiduría, representaba también la belleza. Estas deificaciones populares no deben ser menospreciadas. La plebe no era fácil de manejar e intoxicar en el siglo I antes de nuestra era ante una determinada idea. No había medios de comunicación o grupos de presión y en el mismo instante en que Cleopatra es identificada con Isis, Marco Antonio es comparado con Dionisios, el dios de vendimia y el vino, de la locura ritual y el éxtasis. Comparación no muy agradable y contra la que la pareja intentó luchar —con poco éxito, dadas las interminables fiestas y bacanales de Marco Antonio en Alejandría—. Del mismo modo, unos años antes, Julio César es mitificado como Osiris y existe cierta documentación del fracaso de Cleopatra al intentar que la plebe identifique a su hijo Cesarión con Horus. Parece claro que en todos los casos, la plebe hace sus propias elecciones y en ocasiones en contra de lo que querrían sus gobernantes. Que Cleopatra sea identificada con la belleza no parece casualidad. Eso sí: con el canon de belleza de su época.
Cleopatra VII fue la mujer más poderosa de su tiempo y una de las más importantes de la historia. Consiguió anteponer sus deseos y los intereses de Egipto al todopoderoso Imperio Romano durante buena parte de su vida y sin apenas desenvainar un arma. Usó su inteligencia, su don de gentes, su cultura, y su belleza para conseguir sus fines y a punto estuvo de derribar el poder de Roma y convertir a Alejandría en la capital del imperio.

Jose Barroso.
Autor de El Ocaso de Alejandría.
Ediciones Áltera.
Biografía novelada de Cleopatra.


Pie de foto 1: Busto de Nefertiti, conservado en el Museo de Berlín.
Pie de foto 2: Busto de Cleopatra sin autentificar conservado en el museo de Berlín.
Pie de foto 3: Figura de alabastro negro representando a Cleopatra con estilo egipcio. Museo Hermitageen. San Petersburgo.
Pie de foto 4: Tetradracma de Cleopatra VII.

viernes, 9 de junio de 2017

BREVE HISTORIA DE ESPARTACO.(113a.c-71 a.C). UN MITO MUY REAL.

BREVE HISTORIA DE ESPARTACO.(113a.c-71 a.C). UN MITO MUY REAL.

Escrito por Federico Romero Díaz.

Hay personas que aún piensan que estamos ante un personaje cinematográfico. Sin embargo Espartaco fue un hombre de carne y hueso, con una trayectoria ampliamente documentada por historiadores romanos como Apiano, entre otros.



Todos coinciden que estamos ante un mercenario tracio, miembro de las auxilia de las legiones de Roma, que desertó. Capturado, es convertido en esclavo.



 Se le compra para trabajar en las minas de yeso, pero allí lo descubre Batiato, un lanista de Capua que lo adquiere para su escuela de gladiadores. No tarda, en asociación con los galos Crixo y Enomao, en amotinarse. Junto a otros 70 gladiadores escapa de la escuela, se hacen con armamento y derrotan una confiada milicia enviada desde Capua para capturarlos, dedicándose desde su seguro refugio de los bosques, al pie del Vesubio, a devastar la campiña circundante.



Roma en ese momento no cuenta con demasiadas fuerzas que enviar. Lo mejor de sus tropas se encuentran en Hispania y en el Ponto luchando contra Sertorio y Mitridates respectivamente. Envían al pretor Claudio Glabro al frente de unas cuantas cohortes urbanas para reprimir la revuelta. Su ineptitud al valorar las fuerzas de los esclavos le hace sufrir una vergonzosa derrota, y la misma suerte corre el siguiente pretor, Varinio al frente de mayores fuerzas. Espartaco a esas alturas cuenta con más de 70.000 seguidores a los que comienza a formar militarmente.




Exceptuando una derrota que acaba con la muerte del galo Crixus, Espartaco acumula una victoria tras otra sobre las legiones de Publicola y Longino. Algunos de sus hombres le plantean el saqueo de Roma, donde el Senado alarmado nombra a Marco Licinio Craso imperator para hacer frente al tracio. Espartaco sabe que su derrota es cuestión de tiempo y que deben escapar del territorio romano. Entra en contacto con los piratas cilicios para que les ayuden en su huida con sus barcos, pero estos, posiblemente sobornados por Verres, el corrupto gobernador de Sicilia, traicionan a los esclavos dejándolos en la estacada. Acorralado en Regio, logra escapar gracias a sus tretas en una ocasión, pero acorralado entre las legiones de Craso y Pompeyo se ve obligado a presentar batalla en el Valle del Sele, donde el junto a otros 60.000 de sus seguidores encuentra la muerte. El resto serán crucificados a lo largo de la Vía Apia. Pompeyo que se precipita a comunicar al Senado la buena nueva será el que inmerecidamente obtenga todo el beneficio de la derrota del gran tracio Espartaco.


lunes, 8 de mayo de 2017

Los Asesinos de César. Un detallado estudio de las identidades, motivaciones y posterior destino, de los hombres que hundieron su daga en el cuerpo de Julio César durante los Idus de marzo. Escrito por José Barroso.


Los Asesinos de César.
Un detallado estudio de las identidades, motivaciones y posterior destino, de los hombres que hundieron su daga en el cuerpo de Julio César durante los Idus de marzo.
¿Quiénes fueron los conspiradores? ¿Qué llevó a hombres a los que el propio César había aupado y enriquecido a traicionarle y darle muerte? ¿Qué ocurrió con aquellos hombres en los siguientes años? ¿En un principio fueron héroes o villanos? Sabemos cómo los ha tratado la historia, pero, ¿cómo los trató Roma? ¿Cuál fue su destino a partir del asesinato de Julio César?
El asesinato perpetrado el 15 de marzo del año 44 antes de nuestra era en la Curia de Pompeyo en Roma, sigue arrojando dos mil años después una importante cantidad de incógnitas.
Las motivaciones, los conspiradores, el propio complot o la intervención ya sea por acción o por omisión de Marco Antonio, han dejado fluir ríos de tinta y numerosas hipótesis en la imaginación de historiadores expertos y aficionados.
Como cualquier conspiración, su formación fue un secreto y sus reuniones no se recogieron en acta o escrito alguno. Sin embargo, los conspiradores obtuvieron cierta fama y en la mayoría de casos ha sido posible seguir el relato de sus vidas antes y después de los Idus de Marzo.



Esta es la historia de los asesinos de Julio César.

A pesar de la clásica cifra de veintitrés conspiradores, según la fuente consultada, los asesinos fueron entre cuarenta y sesenta senadores. Eutropio y Suetonio incluso elevan esa cifra. Plutarco en “Vidas Paralelas” es el más comedido en su recuento. Sin embargo, estamos lejos de poder nombrarlos a todos.
Entonces, ¿de dónde sale la clásica cifra de los veintitrés conspiradores?
Con el cadáver del dictador aún caliente, se produjo una desbandada en el senado. Conspiradores y testigo huyeron por igual, la mayoría a sus domicilios. Sin embargo, el grueso de los asesinos, buscaron refugio en el templo de Júpiter del monte capitolio. Un lugar que, además de sacrosanto, era fácil de defender. Los hombres allí concentrados eran algo más de veinte y de inmediato recibieron la visita de Cicerón para felicitarles y comenzar a negociar su futuro.
Bien pudo ser la gloria lo que recibirían aquellos hombres, pues en uno de los giros más oscuros de la historia de Roma, Marco Antonio pasó de la condena rotunda a la amnistía incondicional en unas pocas horas. Probablemente medió algún soborno —cosa que nunca sabremos— pero el 17 de marzo, apenas dos días después del asesinato, el nuevo hombre fuerte de Roma, decretaba una amnistía sobre los asesinos de Julio César y reconocía que los Idus de marzo habían sido un mal necesario para la República.
Cicerón, en su discurso de aquel día en el senado, habló por primera vez de los veintitrés conspiradores, que rápidamente se hicieron llamar “Los Libertadores” y, como culminación para aquella vergonzosa sesión senatorial, el propio Marco Antonio votó a favor de la completa amnistía de los asesinos.

El 18 de marzo, durante el funeral, Marco Antonio volvió a cambiar de opinión y acudió al foro romano con los restos de la toga del difunto dictador.  Posiblemente con el ánimo de enardecer a la ya de por si caldeada población. Dirigió un discurso al pueblo de Roma condenando el asesinato y como acto final, extendió y mostró a las masas aquella toga hecha girones. La prenda, teñida de marcas de sangre, presentaba un total de veintitrés perforaciones fruto del apuñalamiento.
Se hace difícil pensar que en medio del tumulto que hundió su daga en el cuerpo de Julio César, uno o varios de los conspiradores no coincidiesen en el mismo punto. Sobre todo, en la zona del tórax. Incluso sabemos que algunos de los asesinos se habrían herido entre ellos involuntariamente en mitad de la agresión. Por todo ello tenemos la certeza que los asesinos fueron más de los veintitrés tradicionalmente señalados.
En cualquier caso, el impacto de la exhibición de aquella toga desgarrada y ensangrentada dio paso a la leyenda de los veintitrés asesinos. Posteriormente, las cartas de Bruto y Casio en las que se enorgullecían del acto y la crónica de Cicerón, en la que contaba que todos los conspiradores pactaron hundir su daga una vez en el cuerpo de asesinado para compartir la culpa (o la gloria) del acto, hicieron el resto.



Los asesinos.
Por sorprendente que parezca y a pesar de lo relatado anteriormente, ni siquiera disponemos de veintitrés nombres. No llegan a veinte los senadores sobre los que no albergamos dudas acerca de su participación en los hechos.
Esta es la historia de cómo se formó la conspiración de los Idus de marzo y de los hombres que formaron parte de ella.

—Cayo Trebonio.
Se considera que Trebonio fue unos de los principales instigadores de la conspiración a pesar de ser amigo íntimo de Julio César. Su súbita desaparición nos impidió conocer los motivos que le llevaron a tan alta traición. Además, algunas fuentes dicen que fue el encargado de entretener a Marco Antonio en el exterior de la Curia de Pompeyo para que no impidiese el asesinato.
Trebonio no provenía de una familia senatorial arraigada. Toda su fortuna se la debía a César, que le había aupado en su carrera política y militar. Destacó notablemente en la guerra de las Galias y los primeros compases de la guerra civil —se encargó personalmente de la toma de Masilia—. Además, tras el fin del conflicto, César le regaló un consulado en el año 45 a.n.e. De todos los conspiradores, era el único con rango consular.
Sus motivaciones son espurias. Trebonio no nos dejó escritas más que algunas cartas y solo podemos especular sobre lo que le llevó a cometer el crimen. Posiblemente creía que la república se dirigía inexorablemente a una monarquía autoritaria asentada en el ejército. Era uno de los hombres que podía considerarse amigo de Julio César y cuya traición más debió doler al dictador.
Tras los Idus, Trebonio ocupó el cargo como gobernador de la provincia de Asia, que el propio César le había concedido. Murió en Esmirna en el año 43 a.n.e. asesinado mientras dormía a manos de Publio Cornelio Dolabella.
El propio Dolabella se suicidaría poco tiempo después tras ser acusado por el senado controlado por Cicerón de este y otros crímenes.

—Pontio Aquila.
Poco sabemos de su vida con anterioridad a los Idus de marzo, salvo que fue muy crítico con Julio César por atreverse a celebrar el Triunfo Hispánico. El Triunfo era una conmemoración militar otorgada cuando el ejército enemigo era extranjero.
La victoria de César en Hispania, culminada en la batalla de Munda, se produjo sobre las tropas de Cneo y Sexto Pompeyo, ambos romanos, y no fueron pocas las voces en Roma que criticaron aquel gesto. Pontio Aquila, que aquel año era tribuno de la plebe, permaneció sentado en la grada cuando el carro dorado del dictador pasó ante él. Aquel acto no pasó desapercibido para el homenajeado que, en días sucesivos, añadía la coletilla «Siempre y cuando le parezca bien a Pontio Aquila» a todo lo que proponía en el senado.
Suponemos que esta circunstancia, precipitó su caída en desgracia y le convirtió en un perfecto candidato para la conspiración que ya debía estar en marcha.
Tras los Idus se unió como legado mayor al ejército de Marco Antonio. Murió en combate en la ignomiosa derrota que Agripa infligió al cónsul en la batalla de Módena, el 21 de abril del año 43 a. n. e.
El propio Agripa y Octavio ofrecieron una recompensa al legionario que hundiese su gladium en el cuerpo de Pontio Aquila. Se desconoce quién lo logró, pues aquella recompensa fue repartida entre toda la tropa.

—Décimo Bruto.
Uno de los dos “Bruto” que participaron en la conspiración y probablemente al que peor ha tratado la historia.
Décimo era familiar de Julio César y tuvo un papel muy relevante en la guerra de las Galias. Permaneció siempre al lado del dictador y los motivos por los que decidió formar parte de la conspiración son espurios. Es posible que los celos ante Marco Antonio tuviesen mucho que ver.
Décimo se consideraba mejor militar y desde luego era más fiel a César. Marco Antonio había provocado alguna rebelión entre las legiones y varios altercados y escándalos en Roma. Sin embargo, César le seguía teniendo más en cuenta que a Décimo que todas sus decisiones. En los nombramientos póstumos del Dictador, Marco Antonio logra acceder al consulado, mientras que Décimo tan solo obtiene un destino como gobernador de una provincia —eso sí, de la Galia Cisalpina—.
Si damos credibilidad a Suetonio sobre las últimas palabras de Julio César, —ese «tu quoque, Brute, ¡filiimei!!»que Shakespeare convertiría en «¿Tú también, Bruto?» y que se instalaría eternamente en el imaginario popular—, César se hubiese dirigido a este Bruto y no a Marco Junio Bruto, del que hablaremos más adelante.
En cualquier caso, y desde un punto de vista estrictamente médico, se hace difícil creer que un hombre apuñalado al menos dos docenas de veces, con serias heridas en los genitales y en la cara, fuese capaz de crear frases especialmente rebuscadas o ingeniosas en su lecho de muerte.
La versión de Plutarco, que nos relata que Julio César murió en silencio y tapándose la cabeza con su toga, se considera más cercana a la realidad.
Décimo tuvo la sangre fría de cenar la noche antes de los Idus con el hombre al que iba a asesinar. Las fuentes antiguas citan que llegaron a hablar de la mejor forma de morir y que César aseguró que prefería una muerte inesperada. De ser cierto, Décimo bien pudo pensar que iba a concederle su deseo. A la mañana siguiente, fue la persona que recogió a César en su residencia y caminó con él hasta el lugar donde iba a asesinarle. Su papel fue principal y su traición mayor, si cabe, que la de Trebonio. Esto le valió el repentino y visceral odio de Roma.
Tras los Idus, Décimo Bruto ocupó la plaza como gobernador que le había concedido el hombre al que asesinó.  Una vez más volvió a cruzarse en su camino Marco Antonio, que requirió la provincia para sí al acabar su consulado y acabó lanzando su ejército contra Décimo y sitiándole en Módena.
El senado dominado por Cicerón envió a Octavio en auxilio de Décimo Bruto pero una vez que le liberó del asedio, Octavio se negó a unir sus fuerzas con el asesino de su padre adoptivo contra su enemigo común, Marco Antonio.
Décimo decidió salir en solitario en persecución de un debilitado Marco Antonio, pero comenzó a sufrir continuas deserciones entre sus filas. Finalmente, él mismo decidió también desertar de su propio ejército y huir a Macedonia, donde esperaba unirse a Bruto y Casio.
Décimo Bruto falleció asesinado en mitad de aquel viaje a manos de un líder tribal galo antiguo colaborador de Julio César. El galo le cortó la cabeza y se la envío como presente a Marco Antonio en algún momento del verano del año 43 a.n.e.

—Minucio Básilo.
Otro destacado colaborador de Julio César en la guerra de las Galias —en algunos pasajes de aquella larga campaña llegó a dirigir la caballería—, que se sintió ninguneado tras la guerra civil.
Cicerón cuenta en sus escritos, que el Dictador recompensó a Básilo por sus servicios tan solo con una importante suma económica y no con una provincia como esperaba el senador.
Sin entrar a valorar las opiniones partidistas de Cicerón, lo cierto es que Básilo fue perdiendo posición e influencia en la tienda mando en favor de hombres como Labieno o el omnipresente Marco Antonio. Aquella compensación económica pudo terminar de enemistarle con César, dado que en Roma era casi un insulto recibir dinero tras una misión que, en teoría, debía realizarse en nombre de la república. Básilo esperaba enriquecerse por sus propios medio, normalmente expoliando una provincia.
Tras los Idus, Básilo fue unos de los pocos conspiradores que no abandonó Roma. En septiembre del año 43 a.n.e. se produjo en su villa una rebelión de esclavos que acabaron salvajemente con su vida.
Ninguno de aquellos esclavos fue castigado por el asesinato. Consiguieron obtener la protección de Octavio, que ya estaba en plena ascensión y que se aseguraba de premiar cualquier acto contra los asesinos de Julio César.

Siguiendo el orden cronológico de los acontecimientos que rodearon a los asesinos de Julio César tras los Idus de marzo, es importante hacer un inciso tras la muerte de Básilo. A finales del año 43 antes de nuestra era y con un Octavio Augusto convertido en el amo de Roma, se celebró un juicio contra los veintitrés asesinos —nuevamente aparece esta cifra a pesar de cuatro de ellas ya habían muerto, pero tenemos constancia de que los fallecidos también fueron juzgados—.
Como fiscal actuó Agripa, quien consiguió veintitrés condenas en tan solo dos días de juicio. Los acusados fueron declarados enemicus y nefas. Todas sus propiedades fueron confiscadas, sus cuentas embargadas, se ordenó derribar las estatuas que diferentes ciudades habían erigido en honor de algunos de ellos, se prohibió cualquier mención al acto que habían cometido diferente a la de “homicidio”, y a muchos de sus descendientes se les negó asilo, alimento o fuego a dos mil millas de Roma. Octavio Augusto juró en público al acabar el juicio, que no descansaría hasta ver muertos a todos y cada uno de los asesinos de Julio César.
Continuando con la rigurosa cronología de los acontecimientos, es necesario detenernos en la figura de Cicerón.
Marco Tulio Cicerón no estuvo entre los conspiradores. Plutarco dice de él: «lo que no relata en sus cartas, se lo cuenta a sus esclavos».
Y no es esta la única constancia que tenemos de su incontinencia verbal. Probablemente este hecho hizo que los conspiradores le dejasen fuera de un complot, que necesitaba del secretismo para tener éxito.
Sin embargo, tras los Idus de marzo, Cicerón se convirtió en el principal defensor del magnicidio y de los llamados “Libertadores”.
El filósofo se ocupó de domesticar al senado, de favorecer las causas de los conspiradores y dirigió durísimos ataques contra aquellos que les atacaban, entre ellos un Marco Antonio que protagonizó su enésimo cambio de bando al respecto.
Todo ello provocó que, tras la unión del Segundo Triunvirato, el nombre de Marco Tulio Cicerón fuese el primero en la larga lista de proscritos que serían inmediatamente declarados enemigos de Roma.
El afamado filósofo murió en su villa de Formia el 7 de diciembre del año 43 a.n.e. asesinado por un caza recompensas.

La batalla de Filipos.
Tras el ascenso de Octavio, la felonía de Marco Antonio y la repulsa de Roma, la práctica totalidad de los conspiradores que seguían vivos, se reunieron en Filipos para hacer frente algobierno legítimo de Roma.
La batalla —que en realidad se dirimió en dos contiendas en días diferentes— acabó con el enfrentamiento entre Libertadores y el Segundo Triunvirato. Con la victoria de estos últimos y la mayoría se asesinos de Julio César muertos.

—Casio Longino.
Probablemente el principal instigador del magnicidio. Longino era un férreo defensor de la República más clásica, vivía anclado en el pasado y en las tradiciones más conservadoras.
El carácter aperturista y las reformas de Julio César nunca fueron de su agrado y llegó a militar en el bando de Cneo Pompeyo durante la guerra civil. Pocos meses después de Farsalia, y tras constatar que el bando optimate estaba descabezado y probablemente acabado, se dirigió a Tarso, donde se rindió oficialmente y recibió el perdón de César. Éste le restauró su fortuna y el resto de sus posesiones porque le consideraba un “pequeño Catón” y quería su oposición en el senado.
Longino nunca ocultó sus críticas a la acumulación de poder y a las políticas del hombre al que acabaría asesinando. Sin embargo, llegó a ocupar dos cargos importantes por designación directa de César. Tras los Idus se incorporó a unos de ellos. Se convirtió en pretor, aunque rápidamente el puesto se le quedo pequeño y reclamó para sí buena parte de las provincias orientales de Roma.
Curiosamente, llegó a acumular una cantidad de poder y cargos, francamente contrarios a las tradiciones de la República clásica que tanto defendía.
Longino era el principal estratega y estaba al mando de las fuerzas que se encontraron con el Segundo Triunvirato en Filipos.
En la primera de las dos contiendas, y tras quedar aislado y sin perspectiva sobre el verdadero curso de la batalla debido a una gran polvareda, se quitó la vida arrojándose sobre su gladium, para evitar que le capturasen vivo.
Casio Longino se suicidó usando el método ceremonial romano el 3 de octubre del año 42 a.n.e. En realidad, estaba cerca de ganar aquella batalla y los hombres por los que se sintió amenazado eran de su propio ejército.

Los hijos ilustres.
Son varios los asesinos, que vieron envueltos en la conspiración, debido a la posición que sus padres habían adoptado durante la guerra civil. Todos ellos habían sido restituidos en sus cargos y admitidos en el senado, pero nunca olvidaron las afrentas a las que habían sido sometidas sus familias.
—Léntulo Spinter.
Uno de los grandes desconocidos de esta historia. Muy poco sabemos de él, salvo que su padre fue partidario de Cesar en el inicio de su carrera, y que se vieron súbitamente distanciados por circunstancias que no han trascendido. Algunas fuentes sugieren que Julio César ordenó el asesinato de su padre en Rodas y que, tras estos hechos, Spinter comenzó a frecuentar a las compañías de Bruto y Longino.
Falleció en combate en Filipos en la segunda de las contiendas, acaecida el 23 de octubre del año 42 antes de nuestra era.

—Marco Porcio Catón (hijo).
El hijo del mayor enemigo romano de Julio César debió necesitar poca insistencia para unirse a la conspiración. La relación entre su progenitor y Dictador fue de mal en peor a lo largo de sus vidas y, tras el fallecimiento de Catón, César castigó duramente los intereses de la familia.
La poderosa figura del padre, eclipsa la práctica totalidad de la vida de su hijo, por lo que son escasas las referencias a su vida en las fuentes antiguas. Suponemos que en algún momento debió rendirse ante César tras el horripilante suicidio de Catón en Útica, y que el dictador le permitió entrar en el senado como acto de magnanimidad. Después es fácil pensar que era un candidato idóneo para los conspiradores.
Tras los Idus huyó de Roma y permaneció al abrigo de Casio hasta llegar a Filipos.
Murió en combate en la primera contienda.

—Quinto Hortensio.
Otro de los desconocidos.
Probablemente será hijo de Quinto Hortensio Hórtalo, célebre orador y letrado, pero no podemos confirmarlo. Algunas fuentes le sitúan como gobernador de Macedonia —nombrado por Julio César—.
Resulta imposible confirmar su identidad debido a lo común de su nombre.
Tampoco disponemos de una constatación fiable sobre sus motivos para unirse a la conspiración.
Sin embargo, es citado por varias fuentes como uno de los asesinos que fueron capturados vivos en Filipos e inmediatamente ejecutados después.

Hay otros “hijos ilustres” citados por algunas fuentes, como Cneo Domicio Ahenobardo, pero sus referencias se acercan más a las conjeturas que a los hechos probados. 


—Hermanos Cayo y Publio Servilio Casca.
Al margen de los “Bruto” y Longino, los hermanos Casca son prácticamente los únicos asesinos citados por todas las fuentes. Probablemente esto se deba a que uno de ellos fue el que inició el ataque que culminó en magnicidio. Julio César consiguió zafarse de ese primer ataque y llegó a herir a uno de los Casca con un punzón de escritura. (No podemos asegurar a cuál de ellos).
Ambos eran importantes comerciantes que se habían visto perjudicados por el ascenso de Julio César. Es posible que mantuviesen cierta relación de amistad y algunos negocios comunes. Sin embargo, varias de las disposiciones de César al acceder con el poder absoluto, perjudicaron gravemente de intereses de los hermanos Casca. Tenemos constancia de que sus motivaciones no fueron políticas.
Tras los Idus se vieron obligados a huir de Roma. Vivieron como prófugos durante un tiempo y estuvieron a punto de ser capturados en varias ocasiones, en las que debieron hacer uso de su fortuna para sobornar a sus captores.
Existe cierta constancia de que Cayo murió en combate y Publio se suicidó ese mismo día.
Se desconoce si su desaparición acaeció en el primer o en el segundo día de contienda de Filipos.

—Quinto Ligario.
Otro de los grandes desconocidos del magnicidio.
Podría haber accedido al senado por méritos militares y ascendido en la vida pública romana bajo el ala de Cicerón. Con ello, su cercanía al grupo de Casio y Trebonio estaría garantizada. Apenas hay referencias históricas sobre su figura antes y después del asesinato.
Se pierde su pista entre los Idus de marzo y la batalla de Filipos.
Falleció en combate en la primera de las contiendas.

—Pacuvio Labeón.
Importante jurista romano firme defensor de la República tradicional, lo que le granjeó la enemistad con Julio César.
Se sabe que el algún momento el Dictador le perdonó la vida como a tantos otros. Pudo ser tras la batalla de Farsalia. Labeón regresó a Roma y nunca dejó de intentar legislar contra César. Por lo tanto, cuando se forjaba el complot, debió ser un claro candidato a formar parte de él.
Tras los Idus forjó una gran amistad con Marco Junio Bruto, lo que le llevó a seguirle a Macedonia y posteriormente a Filipos.
Sabemos que se suicidó para evitar que le capturasen vivo, aunque desconocemos en cuál de las dos contiendas.

—Sexto Quintilio Varo.
Si bien es cierto que no podemos garantizar su participación directa en el magnicidio, es muy probable que participase de forma activa en él, dada la relevancia que adquirió entre los Libertadores después de los Idus.
Como en otras ocasiones, son muy vagas las referencias a él previas al magnicidio. Probablemente debido a la gran trascendencia que alcanzaría su hijo tiempo después. Es el padre de Publio Quinto Varo, que alcanzaría gran fama durante el posterior gobierno de Octavio. Es fácil imaginar que Octavio Publio, hicieron desaparecer las referencias acusatorias hacia su padre y ocultar en todo lo posible su pasado familiar.
Sabemos que se suicidó en Filipos, aunque se desconoce la fecha y las circunstancias de su muerte.


—Livio Druso Nerón.
Perteneciente a una de las más ricas e importantes familias senatoriales romanas, Druso Nerón se opuso firmemente al concepto de dictadura que estableció Julio César. A pesar de ello, se desconoce si participó activamente en la guerra civil.
Tras los Idus fue uno de los conspiradores que se atrevió a permanecer en Roma, dada su alcurnia y el poder de su familia. Poco a poco, esa familia se fue fragmentando y acabó dividida y apoyando con alguno de sus miembros a uno u otro contendiente.
Justo antes de la batalla de Filipos, Druso consiguió casar a su hija Livia con su primo Tiberio Claudio, en un último intento por mantener la estabilidad y la unión de la familia. Años después, esta Livia se casaría con Octavio y se convertiría en emperatriz de Roma.
Varias fuentes hacen referencia a su valentía y ferocidad durante la batalla, lo que le valió durante un tiempo el apelativo de “El último romano”.
Druso Nerón se suicidó en la soledad de su tienda cuando supo que los Libertadores habían perdido la segunda contienda de Filipos y por tanto la guerra.

—Marco Junio Bruto.
El “otro Bruto” al que hemos nombrado anteriormente y principal beneficiado del error de Shakespeare.
Era hijo de Marco Junio Bruto (el viejo) —jamás ha existido la posibilidad de que fuese hijo de Julio César— y de Servilia Cepionis. Ella fue la amante pública del dictador durante años hasta la aparición de Cleopatra. Este hecho provocó la confusión (¿…?) del dramaturgo inglés.
Bruto fue un político con poca relevancia que consiguió convertirse en uno de los hombres más ricos de Roma gracias a su actividad como prestamista y sus negocios inmobiliarios. Muy joven se casó con la hija de Catón, el principal enemigo político de César y cuando se desató la guerra civil, se alineó en contra del dictador y de su propia madre.
Tras la batalla de Farsalia Julio César perdonó a Bruto personalmente y le aupó de nuevo junto con la alta sociedad romana, le concedió cargos públicos y le introdujo en su círculo de confianza.
A pesar de todo esto, Bruto no ocultó jamás su pensamiento Republicano. Los historiadores consideran que César le eligió como uno de los peones que deseaba tener en el senado haciéndole una suave oposición.
Marco Junio Bruto fue uno de los últimos conspiradores en unirse al complot y su reticencia a punto estuvo de acabar sacando a la luz la trama. Días antes de los Idus de marzo, aparecieron pintadas en Roma haciendo mención a su cobardía para «hacer lo que hay que hacer».
Finalmente se unió al complot y probablemente fue su concurso fue lo que precipitó el magnicidio. Los conspiradores le veían como el tipo de persona poderosa, influyente y con contactos, que necesitaban para salir airosos del crimen.
Tras los Idus fue de los últimos en comprender que la plebe repudiaba el asesinato de Julio César y se negó a abandonar Roma hasta que temió gravemente por su seguridad y la de su familia.
Cuando al fin abandonó la ciudad, se permitió usar el cargo que le había concedido el hombre al que asesinó y se convirtió junto a Casio en la cabeza visible de los Libertadores.
Bruto no estaba preparado para la vida militar y mucho menos para dirigir un ejército. Función que recayó sobre sus hombros tras el suicidio de Casio.
A él le debemos los veinte días transcurridos entre las dos contiendas de Filipos, pues no se atrevía a salir a luchar contra los Triunviros a pesar de la delicada situación que atravesaban éstos.
Cuando al fin salió a combatir, prácticamente dio por perdida la contienda desde el primer momento. Se equivocó con la disposición táctica, ofreció órdenes contradictorias y acabó huyendo del campo de batalla.
Esa misma noche su historia acabó en una especie de suicidio deshonroso, pues tuvo que pedir ayuda a un esclavo para que le ensartase en su gladium por faltarle valor para hacerlo él solo.

—Marco Favonio.
Ferviente defensor de Catón e incansable luchador contra la corrupción en Roma. Su enfrentamiento con César viene de antiguo, pues conspiró para negarle un triunfo cuando el Dictador fue gobernador en Hispania.
Como no podía ser de otra manera, en la guerra civil tomó partido por Catón y los suyos. Volvió a Roma amnistiado y ejerció la política con un perfil bajo hasta el magnicidio.
Hay que decir que Plutarco, en la “Vida de Bruto”, excluye a Favonio como uno de los conspiradores, aunque otras fuentes le incluyen en el complot.
Tras los Idus, abandono Roma rápidamente, se instaló en Asia y esperó la llegada de Casio.
No murió directamente en la batalla de Filipos, sino que fue capturado y ejecutado por traición días después.

—Décimo Turulio.
Poco sabemos de Turulio antes de los Idus de marzo. No hay fuentes que le citen y su posterior actividad como pirata al servicio de Sexto Pompeyo, eclipsa cualquier labor anterior.
Sabemos que Turulio estuvo en Filipos y consiguió huir. Debía ser experto navegante porque se unió a Sexto Pompeyo, el hombre que puso en jaque a la Roma de Octavio, y se convirtió en uno de sus lugartenientes.
Tras la derrota de Sexto, fue reclutado por Marco Antonio cuando la ruptura de Triunvirato era más que evidente y luchó para éste último en Accio, donde fue derrotado. Turulio consiguió salir vivo también de esta batalla, pero navegó a la deriva hasta quedarse sin víveres por miedo a arribar a puerto y ser detenido.
Finalmente demostró que aquellos temores eran ciertos, pues la primera vez que tocaron puerto, en Pérgamo, fue entregado por su propia tripulación a las autoridades de la ciudad.
Le ejecutaron inmediatamente para congraciarse con Octavio un día indeterminado de septiembre del año 31 a.n.e.

—Casio Parmensis.
Poeta y escritor del que desconocemos sus motivos para unirse a la conspiración. Casi toda su extensa obra se ha perdido debido a la proscripción que sufrió por parte de Octavio.
Tras los Idus, podría haber huido a Atenas donde publicó varias soflamas Republicanas de las que después se haría eco Cicerón.
Algunas fuentes le sitúan en Filipos. En cualquier caso, acabó siguiendo un camino paralelo al de Turulio: se unió a Sexto Pompeyo y acabó reclutado por Marco Antonio para su flota.
También consiguió salir vivo de Accio y se refugió en Atenas bajo un nombre falso.
Finalmente fue traicionado y denunciado por alguno de sus colaboradores. Octavio ordenó su asesinato en algún momento del año 30 antes de nuestra era.

—Cesenio Lento.
Lento había sido un prometedor militar que adquirió cierto prestigio durante la guerra civil en el bando de Julio César.
El Dictador le llevo con él a Hispania como uno de los principales legados y suya fue la misión de capturar a los hermanos Cneo y Sexto Pompeyo tras la derrota de Munda.
Cesenio Lento nunca dio con el paradero de Sexto, pero si con Cneo, al que ejecutó sumariamente en los alrededores de Córdoba. Después le cortó la cabeza para llevársela al Dictador. Este acto impidió la proverbial clemencia de César —que hemos nombrado en varias ocasiones— y Lento fue expulsado del ejército y enviado a Roma a la espera de juicio por asesinato.
A su llegada a Roma se unió inmediatamente a la causa de Bruto y Casio, y nunca llegó a ser juzgado.
Curiosamente, tras los Idus se pierde su historia y no sabemos que fue de él, ni la fecha de su fallecimiento.

Hay más nombres, probablemente tantos como fuentes antiguas e intereses en desprestigiar a una u otra familia, pero solo éstos diecinueve atesoran el rigor histórico suficiente como para aparecer entre los asesinos de Julio César.


Un artículo de José Barroso. 

viernes, 3 de marzo de 2017

CORDUBA, LA CIUDAD REBELDE AL PODER VISIGODO

ESCRITO POR FEDERICO ROMERO DIAZ
Todas las ciudades tienen un pasado, aunque el de algunas es más interesante. Córdoba tiene una historia apasionante. Lo curioso es que a mí lo que más me atrae de su pasado es su época visigoda. Durante gran parte de este periodo, en alianza con otras ciudades de la Bética o en solitario la ciudad permaneció independiente del poder visigodo. En otras ocasiones los rebeldes al trono se asocian a su poderosa oligarquía hispanorromana para hacer frente al poder del Reino de Toledo. Llegan incluso a estar durante algún periodo bajo en gobierno bizantino. En defnitiva, el marco ideal para una buena novela.
Con la caída del imperio romano, y las invasiones bárbaras, Corduba fue saqueada por los vándalos, ocupándola, temporalmente, en el año 411.
A inicios de la época visigótica, Corduba, junto a otras ciudades de la Bética como Híspalis, son prácticamente independientes. Aunque el Imperio Romano de Occidente había desaparecido, la ciudad se siguió rigiendo por instituciones romanas.
El rey Agila I profanó la tumba de San Acisclo mártir, motivo por el cual la ciudad se rebeló. Durante el levantamiento de Atanagildo, éste pidió ayuda al emperador Justiniano I de Bizancio para derrotar al rey Agila. Éste accedió a enviarle un contingente, y acabó ocupando Corduba en el año 550, derrotando a Agila y muriendo su hijo en la batalla. Los bizantinos también ocuparon parte de la Bética, con el apoyo de sus ciudadanos, que deseaban volver al Imperio Romano, convirtiéndose en la provincia Spania del Imperio Romano de Oriente.. Atanagildo intentó conquistar la ciudad en el 568, sin éxito.
El rey Leovigildo, en el año 572, aprovechando la guerra que libraba el emperador Justino II contra los persas, tomó Corduba. Debido a este hecho, el prestigio de Leovigildo subió tanto que por primera vez un rey visigodo se atrevió a usar los símbolos de la realeza: cetro, corona y manto, acuñando moneda en su propio nombre. Pese a ello la ciudad volvió al poco tiempo a formar parte del imperio bizantino.
Hermenegildo, hijo de Leovigildo y duque de la Bética, se convirtió al catolicismo y se rebeló contra su padre, de religión arriana, siendo apoyado en el año 579 por Corduba y otras ciudades béticas y del Valle del Guadiana. Hermenegildo fue derrotado en Hispalis en el año 584, refugiándose en Corduba, que vuelve a ser tomada por los visigodos.Apresado por su padre y es exiliado a Valentia Edetanorum.
A mediados del siglo VI se construyeron monumentos como una iglesia situada en el emplazamiento del actual convento de Santa Clara (de fuerte influencia bizantina, con la planta en cruz inscrita, siguiendo los modelos de Ravena y Constantinopla), la iglesia de los tres santos (San Fausto, San Genaro y San Marcial), situada bajo la actual iglesia de San Pedro, la iglesia martirial de San Acisclo (construida en el complejo palatino de Maximiano Hercúleo) y la Basílica de San Vicente Mártir.
La ciudad, por motivos religiosos (por la fuerte implantación del catolicismo frente al arrianismo) y por afinidad al imperio romano, tardó en aceptar el poder visigodo, lo que demostró mediante numerosas revueltas. Esto provocó una disminución de su influencia en el reino visigótico, frente a otras ciudades como Hispalis.


jueves, 26 de enero de 2017

LOS PSEUDO-NERON. UN CLARO EJEMPLO DEL AMOR DE LA PLEBE AL "AZOTE DE LOS CRISTIANOS".


Escrito por Federico Romero Díaz

La primera premisa que debemos responder al afrontar un artículo de este tipo es responder a la pregunta de quienes fueron los pseudo-nerón. La respuesta es bien sencilla: fueron personajes que tras la muerte del famoso emperador en el 68 D.C, a veces con muchos años de distancia, afirmaron ser Nerón, consiguieron un amplio apoyo popular y en menor grado militar. Es curioso observar como estos impostores en, al menos dos ocasiones, también contaron con el apoyo de los partos que además de honrar la memoria de Nerón, estaban interesados en crear desordenes dentro de las fronteras de su enemigo: el Imperio romano. 
Los impostores siempre se sirvieron del arraigo de una leyenda basada posiblemente en la carta astral que le hicieron a Nerón. en esta leyenda se afirmaba que Nerón, resucitado o reaparecido después de años de estar escondido reaparecería en Oriente. Desde allí, tras vengarse de sus enemigos se dirigiría a Roma para derrocar a la injusticia. Esta leyenda con el paso de los siglos y el predominio del cristianismo se irá transformando hasta convertirse en la de "Nero redivivus" recogida por San Agustín en el siglo IV D.C , en la que Nerón se ha transformado en una especie de anticristo, azote de cristianos. 

La simple existencia de estos impostores y el amplio apoyo con el que contaron rebela  que Nerón no dejó el mismo mal recuerdo en todos las clases sociales, en contra de lo que nos cuentan historiadores afines al "ordo senatorial", muy afectado por las represalias de este emperador. Muchas personas, especialmente en Grecia y en Oriente, pensaban que Nerón no se había suicidado y que realmente estaba vivo y sobrevivía escondido esperando el momento adecuado para alzarse como heroico paladín de esa parte del Imperio. Es lógico que muchos en la época pensaran así debido a dos factores: la incierta ubicación de su muerte; las pocas personas que pudieron ver su cadáver al no celebrarse un fastuoso entierro y ser depositado su féretro, no en el Mausoleo de Augusto junto al resto de la dinastía Julio Claudia, sino en Pincio, en el cementerio de la familia Enobarbo, a donde si que acudían los plebeyos a depositar flores.



Analizamos lo que sabemos de cada uno de los tres pseudo-nerón de los que se tiene noticia:

      PRIMER IMPOSTOR

Aparece al poco de morir Nerón, posiblemente a principios del 69 D.C. en la ciudad griega de Acaya, Grecia. Tácito es la fuente principal para obtener detalles de este personaje. No sabemos como se llamaba, pero si que era un esclavo del Ponto o un liberto de Italia que, valiéndose de su parecido con el difunto emperador y de su habilidad para tocar el arpa y cantar, consiguió poner bajo sus ordenes  a un grupo de desertores con los que se hizo al mar. Neptuno hizo que una tormenta los arrastrara a Citnos, una isla menor de la Cícladas. Allí se dedicó durante un tiempo a la piratería, muy habitual en esas islas. Se sabe también que a su séquito incorporó, de grado a de fuerza, a un grupo de soldados que volvían a Italia. Ante el creciente apoyo popular y la amenaza que comenzaba a representar este pseudo-nerón, Galba, el emperador de ese momento, envío a Calpurnio Asprenes al frente de un contingente militar a derrotar y capturar al falso emperador. Tras localizarlo con la ayuda de capitanes de barco locales, el impostor fue derrotado en su barco y ejecutado. Su cabeza será enviada en una gira por Asia y finalmente a Roma.



  SEGUNDO IMPOSTOR. TERENCIO MÁXIMO.

Apareció durante el reinado de Tito. Según Dion Casio se llamaba Terencio Máximo, era asiático y también cantaba al son de la lira, siendo su parecido con Nerón enorme.Consiguió un gran número de partidarios en Siria, desde donde huyó con los viejos enemigos de Roma, los partos. Allí encontró la protección de Artabano III, un pretendiente menor al trono de los partos, que se comprometió a apoyarle en su objetivo de arrebatarle el trono a Tito. Finalmente Terencio fue desenmascarado y ejecutado. Un dato curioso sobre este personaje: Lion Feuchtwanger escribió una novela histórica titulada Der falsche Nero publicada en 1936.



  TERCER IMPOSTOR

Hizo su aparición bajo el gobierno de Domiciano(81-96 D.C.). Su figura es la menos clara de las tres. Tanto que algunos historiadores  afirman que en realidad es el segundo pseudo-nerón, es decir Terencio Máximo. Al igual que los dos precedentes ganó gran popularidad en Oriente, igualmente fue finalmente detenido ejecutado. La fuente es Suetonio. Jones, el historiador, defiende la tesis de que Cerealis, el hombre de Domiciano en la región, fue ejecutado por su fracaso inicial en el intento de capturarlo. Desconocemos su nombre y rango social pero si sabemos por las fuentes que su princpial valedor fue el rey Pacoro III. Es curioso ver como de nuevo los partos honraban la memoria de Nerón.



Del apego de la población a la figura de Nerón y de los estudios que muchos historiadores han realizado a partir  de los años 60 y 70 deducimos que es hora de dejar de ver el gobierno de Nerón como una dolorosa etapa en el que el Imperio romano sufrió su tiranía. Al contrario la etapa de su gobierno dio lugar a la llamada "Revolución neroniana", un movimiento político y cultural que pervivirá más allá de Nerón y que ya venía gestándose en años anteriores a su gobierno en aspectos culturales, administrativos y económicos.